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| Raymond Carver (EE.UU. 1938 - 1988) |
No es meritorio descubrir que siempre será mejor leer una mala historia bien escrita que una buena historia mal contada. En la naturaleza de esta afirmación subyace el valor que deben tener los buenos escritores: saber contar una historia, hacerla entretenida, tener la capacidad de generar un mundo paralelo tan creíble que el lector pueda adentrarse en éste sin estrellarse contra un muro cuando sus ojos le mostraban el mar. Es por eso que una historia de aparente simplicidad como la del argumento de Instrucciones para subir una escalera de Julio Cortázar (1914–1984) reviste tanta riqueza literaria, pues a un hecho tan espontáneo para la mayoría de los seres humanos se le da un tratamiento tal que ha servido para dar cuenta de la complejidad que conlleva dicha acción y a su vez la sincronización motora y psíquica que se requiere para ejecutarla.
“El teléfono suena en plena noche, a las tres de la madrugada, y nos da un susto de muerte”. Así comienza el cuento Quienquiera que hubiera dormido en esta cama de Raymond Carver (1938–1988) y que fue incluido en el libro Tres rosas amarillas, editado por Anagrama por primera vez en idioma español en 1989 y que para 2010 completó su octava edición. Este relato, sin ser el mejor, ni el más popular del afamado cuentista estadounidense, representa toda la carga emocional de un autor que acostumbró a sus lectores a reconocer esos rincones ínfimos de nuestra cotidianidad al retratar con hiperrealismo desbordado situaciones tan cotidianas como una noche en la vida de un matrimonio promedio norteamericano, que bien podría ser una noche en la vida de cualquier pareja que lleva varios años de convivencia.
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Es de esta forma que Carver desglosa en su literatura la realidad que nos rodea haciendo visible la densidad de esos pequeños instantes de nuestra vida. Transita, como el equilibrista, sobre la delgada cuerda que divide la obviedad de la maestría, al extraer de lo cotidiano los ingredientes propios de la existencia humana, exhibiendo las entrañas de la complejidad del hombre contemporáneo, un hombre que pese a la tecnología que lo consume en los tiempos actuales, no deja de padecer las mismas afujías de ese hombre que hace 30 o 40 años leía las noticias en el periódico y escribía sin la ayuda del ordenador, ni la sapiencia sospechosa de Wikipedia, ni la omnipresencia de Google.
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Mucho ha cambiado desde que el hombre cavernario descubrió la forma de producir fuego; sí, muchas cosas, pero no todas. El gran tema sigue siendo el mismo: la supervivencia, la trama indisoluble entre la vida y la muerte. Y así mismo es que Carver aborda la complejidad de lo simple, se vale de los detalles para mostrarnos sin asomo de vergüenza la inmensidad de la estupidez y la genialidad humana, el candente valor de los silencios y los universos ocultos en el polvo que se acumula bajo nuestras camas.
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No es gratuito que se considere a Raymond Carver como el mejor cuentista norteamericano y que su apellido se haya ‘adjetivado’ para denominar a ese tipo de relatos que recurren a lo simple para describir lo complejo y para identificar las historias bien contadas que no requieren de grandiosos personajes ni de monólogos pastorales para trascender en la memoria colectiva de sus lectores.
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Esta pequeña reflexión –seguramente malograda– podría servir para ilustrar el código genético de todos los cuentos de Carver. De nada serviría adentrarse en un análisis de cada historia, pues hacerlo sería tratar de entender el comportamiento humano en su modo más minimalista, más oculto, ese mismo que ocurre frente a nuestras narices y que no somos capaces de advertir, pese a la descomposición mental que dichos sucesos producen en nuestro pensamiento.
“El teléfono suena en plena noche, a las tres de la madrugada, y nos da un susto de muerte”. Así comienza el cuento Quienquiera que hubiera dormido en esta cama de Raymond Carver (1938–1988) y que fue incluido en el libro Tres rosas amarillas, editado por Anagrama por primera vez en idioma español en 1989 y que para 2010 completó su octava edición. Este relato, sin ser el mejor, ni el más popular del afamado cuentista estadounidense, representa toda la carga emocional de un autor que acostumbró a sus lectores a reconocer esos rincones ínfimos de nuestra cotidianidad al retratar con hiperrealismo desbordado situaciones tan cotidianas como una noche en la vida de un matrimonio promedio norteamericano, que bien podría ser una noche en la vida de cualquier pareja que lleva varios años de convivencia.
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Es de esta forma que Carver desglosa en su literatura la realidad que nos rodea haciendo visible la densidad de esos pequeños instantes de nuestra vida. Transita, como el equilibrista, sobre la delgada cuerda que divide la obviedad de la maestría, al extraer de lo cotidiano los ingredientes propios de la existencia humana, exhibiendo las entrañas de la complejidad del hombre contemporáneo, un hombre que pese a la tecnología que lo consume en los tiempos actuales, no deja de padecer las mismas afujías de ese hombre que hace 30 o 40 años leía las noticias en el periódico y escribía sin la ayuda del ordenador, ni la sapiencia sospechosa de Wikipedia, ni la omnipresencia de Google.
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Mucho ha cambiado desde que el hombre cavernario descubrió la forma de producir fuego; sí, muchas cosas, pero no todas. El gran tema sigue siendo el mismo: la supervivencia, la trama indisoluble entre la vida y la muerte. Y así mismo es que Carver aborda la complejidad de lo simple, se vale de los detalles para mostrarnos sin asomo de vergüenza la inmensidad de la estupidez y la genialidad humana, el candente valor de los silencios y los universos ocultos en el polvo que se acumula bajo nuestras camas.
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No es gratuito que se considere a Raymond Carver como el mejor cuentista norteamericano y que su apellido se haya ‘adjetivado’ para denominar a ese tipo de relatos que recurren a lo simple para describir lo complejo y para identificar las historias bien contadas que no requieren de grandiosos personajes ni de monólogos pastorales para trascender en la memoria colectiva de sus lectores.
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Esta pequeña reflexión –seguramente malograda– podría servir para ilustrar el código genético de todos los cuentos de Carver. De nada serviría adentrarse en un análisis de cada historia, pues hacerlo sería tratar de entender el comportamiento humano en su modo más minimalista, más oculto, ese mismo que ocurre frente a nuestras narices y que no somos capaces de advertir, pese a la descomposición mental que dichos sucesos producen en nuestro pensamiento.
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1 comentario:
Algo había escuchado de Carver, pero no tenía información sobre su calidad como cuentista. Esta entrada me deja muy tentado de leerlo. Nada mejor que el arte sin pretenciones.Me gustó también mucho el blog.
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